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“¿Cuántos chavos te va a dejar una ‘A’?”

Su destino estaba escrito. Dejaría la escuela en noveno grado y comenzaría a hacer unos chavitos en el punto, llevando y trayendo drogas, supliendo a los muchachos del barrio, cargado de armas para protegerse y proteger el negocio. Hay que sobrevivir.

“Tengo dos hermanos que decían que yo no iba a ser nadie en la vida, que iba a ser un fracasado, que iba a ser jefe de un punto de drogas y to’ eso como que me chocaba porque mi pai estuvo preso y ellos me decían que mi pai era un tecato y pues ya yo estaba con la mente dañada”, dice ahora que tiene 16 años.

No ha pasado mucho tiempo, pero han cambiado muchas cosas.

Pedro (nombre ficticio) se despedía de su madre todas las mañanas, subía a la guagua escolar, arropaba sus orejas con unos audífonos inmensos, tarareaba alguno que otro ritmo mientras masticaba chicle y, al bajar del autobús, escasas veces cruzaba el portón de su escuela.

“Nunca, nunca me ha gustado la escuela, ni estudiar. Yo me iba a otros lugares a hacer cosas malas”, afirma mirando al piso, serio, con atisbos de vergüenza. “Yo estaba ya pa’ salirme de la escuela. No me importaba el cuarto año ya. Lo que quería hacer era dinero”.

Pedro estuvo a un momento de pasar al otro lado de las estadísticas, de convertirse en uno de los cuatro de cada diez estudiantes en Puerto Rico que abandonan la escuela. De ese lado de los números, a cada rato se cierran puertas y se diluyen las posibilidades a pesar de que más que una cifra se trata de rostros, de historias. Se trata de tantos otros como Pedro.

“Cuando estaba tratando de hacer el trabajo, de hacer las cosas bien, le preguntaba a los maestros si me podían explicar y me decían que ellos ya habían explicado, que ese era mi problema porque no estoy atento a las clases, que no iban a gastar el tiempo”, narra. Un balde de agua fría caía sobre aquel fueguito que bien podría llamarse “esperanza”.

Pero Pedro, agarró ese destino que parecía estar escrito y lo transformó, un amigo le mostró otra ruta posible, una escuela alternativa, Nuestra Escuela, y él se aventuró a averiguar. No perdía nada.

“Yo llegué a esta escuela y fue todo diferente desde que me entrevistaron. Me gustó esta escuela, me ha hecho feliz hasta ahora”, dice ya no mirando al piso, sino a los ojos, sonriendo.

“Siempre, siempre, desde que entré a esta escuela todo en mi vida ha cambiado, ya yo pienso diferente, ya yo quiero echar pa’ alante y no quiero ser el mismo de antes. Aquí saben tratar a las personas. El amor que dan los maestros hacia los estudiantes se ve diferente porque se ve que de verdad quieren educar a los estudiantes”.

Pedro lo repite sin que se le insista y se le achinan los ojos a causa de la sonrisa que se le escapa. “Mi vida ha cambiado”.

Un 63 % de la población que atiende Nuestra Escuela ha repetido grado al menos una vez y el 82 % vive bajo los niveles de pobreza en el País.

Algunos admiten haber escuchado la misma frase.“¿Cuántos chavos te va a dejar una “A”?” Cuando pica el hambre y las tripas cantan, no hay “A” que resuelva. Se necesita dinero y comida. La fórmula “no pare más”.

En Nuestra Escuela, Pedro y el resto de los estudiantes adoptan proyectos de emprendimiento económico y social que les permiten combinar materias tradicionales con talleres prácticos y así construir una posible forma de vivir y de generar ingresos. También les estimulan a continuar estudios una vez culminado su cuarto año.

“Cuando salga de esta escuela ya yo voy a irme a estudiar enfermería y hacer mi bachillerato y echar pa’ adelante. Ya yo no quiero mirar hacia atrás, ya gracias a Nuestra Escuela”, afirmó el joven.

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